cunctatio

El Paseo

In comunidad, cunctatio, espíritu, existencias posibles, separaciones mundanas on agosto 19, 2010 at 9:45 am


Robert Walser fue encontrado por unos niños, tendido en la nieve, en el último de sus incontables paseos. No tuvo casa jamás, ni una vivienda duradera, ni muebles y mantenía escasa pero pulcra ropa. No poseía libros, y ni siquiera conservaba los que él mismo había escrito. Los que leía eran casi siempre prestados. Hasta el papel de escribir del que se servía era de segunda mano. “Una maleta es toda tu casa en este mundo” decía. Disfrutaba del andar sin rumbo fijo, se detenía maravillado en los detalles y lo efímero. Dicen que escribió sus paseos y sus paseos le escribieron a él. “No hace falta ver nada extraordinario. Ya es mucho lo que se ve”. Detenerse en las cosas era comenzar a amarlas, “Soy dueño de un enorme capital de fuerza amatoria, y cada vez que salgo a la calle termino por coger cariño a alguna cosa, a alguna persona”. Cambió la pluma por el lápiz, un mecanismo más apto para el merodeo y el garabato. Escritura-paseo. Y fue reduciendo también el tamaño de la escritura en esos papeles reutilizados. Microgramas. Dejando estos recorridos secretos a descifrar.

Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. (…)
me encontraba, al salir a la calle abierta, luminosa y alegre, en un estado de ánimo romántico–extravagante, que me satisfacía profundamente. El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por  primera vez. Todo lo que veía me daba la agradable impresión de cordialidad, bondad y juventud. Olvidé con rapidez que arriba en mi cuarto había estado hacía un momento incubando, sombrío, sobre una hoja de papel enblanco. Toda la tristeza, todo el dolor y todos los graves pensamientos se habían esfumado (…)
Chiquillos y chiquillas corretean al sol libres y sin freno. «Dejémoslos ir tranquilos y sin freno», pensé; «la edad seencargará de asustarlos y frenarlos. Demasiado pronto, por desgracia». (…)
Al diablo con el ansia miserable de parecer más de lo que se es. Es una verdadera catástrofe, que extiende por el mundo el peligro de guerra, la muerte, la miseria, el odio y las heridas y le pone a todo lo que existe una indeseable máscara de maldad y fealdad. Para mí un artesano no es un Monsieur y una mujer sencilla no es una Madame. Pero hoy todo quiere deslumbrar y brillar, ser nuevo y fino y bello, ser Monsieur yMadame, que es un horror. Quizá con el tiempo las cosas vuelvan acambiar. Yo así lo espero. (…)
Con mi traje inglés regalado amarillo claro, me veía, he de confesarlo abiertamente, como un gran lord, grandseigneur, un marqués paseando arriba y abajo por el parque, a pesar de que donde me encontraba era sólo una zona pobre y carretera, medio rural, medio suburbial, sencilla, amable, modesta y de pocas aspiraciones, y no un distinguido parque, como me he atrevido a indicar, lo que retiro sigilosamente, porque todo lo que tenía de parque es inventado y no pega en absoluto aquí. (…)
Mientras seguía así mi camino como un buen haragán, fino vagabundoy holgazán o derrochador de tiempo y trotamundos, pasando ante toda clase de (…) mientras me ocupaban toda clase de pensamientos más o menos bellos y agradables, porque, al pasear, muchas ocurrencias, relámpagos y luces de magnesio se mezclan y se encuentran con naturalidad para ser cuidadosamente elaboradas, vino a mi encuentro un hombre, un monstruo, un armatoste, que casi oscurecía por entero la luminosa calle, un tipo espantoso, largo y espigado, al que por desgracia conocía demasiado bien, un personaje en extremo peculiar, a saber, el gigante. Tomzack. (…)
Yo me detenía y escuchaba, y de repente se apoderó de mí un inefable sentimiento del mundo y una sensación de gratitud, unida a él, que brotaba del alma con violencia. (…)
Los sonidos del mundo primitivo llegaron, no sé de dónde, hasta mi oído. «Oh, con gusto, si ha de ser, quiero acabar y morir. Un recuerdo me hará feliz aun en la tumba, y una gratitud me animará en la Muerte; una acción de gracias por los goces, por la alegría, por el éxtasis; una acción de gracias por la vida y una alegría por la alegría.» Se oyó un ligero susurro que bajaba siseando desde las copas de los abetos. «Amar y besar tendría que ser divino aquí», me dije. Los pasos descalzos en el suelo agradable se volvieron placer, y el silencio encendía oraciones en el alma sintiente. (…)
—Pasear —respondí yo— me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada. Sin pasear y recibir informes no podría tampoco rendir informe alguno ni redactar el más mínimo artículo, y no digamos toda una novela corta. Sin pasear no podría hacer observaciones ni estudios. (…)
Con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un ratón, una nube, una montaña, una hoja o tan sólo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en el que quizá un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras. (…) Tiene que ser capaz en todo momento de compasión, de identificación y de entusiasmo, y ojalá que lo sea. Tiene que alzarse a elevado arrebato y hundirse y saber descender a la más profunda y mínima cotidianeidad, y probablemente sabe. Pero ese fiel y entregado disolverse y perderse en los objetos… (…)
Puesto que se me indultaba, eché a andar con alegría y pronto volví a estar al aire libre. El entusiasmo de la libertad  me arrebataba y arrastraba. (…)
Casas, huertos y personas se transformaban en sonidos, todos los objetos parecían haberse transformado en un solo espíritu y una sola ternura. (…) Yo mismo ardía y florecía en ese instante ardiente y floreciente. Cerca y lejos se alzaban lo grande y lo bueno con espléndido gesto, satisfacciones y enriquecimientos de argéntea claridad, y en mitad de la hermosa comarca yo no fantaseaba más que con ellos. Todas las demás fantasías se hundieron y desaparecieron en la insignificancia. Tenía ante mí toda la rica Tierra, y sin embargo tan sólo miraba hacia lo más pequeño y más humilde. Con amorosos gestos se alzaba y hundía el cielo. Yo me había convertido en un interior, y paseaba como por un interior; todo lo exterior se volvió sueño, lo hasta entonces comprendido,  incomprensible. Desde la superficie, me precipité a la fabulosa profundidad que en ese momento reconocía como el Bien. Aquello que entendemos y amamos nos entiende y nos ama también. Yo ya no era yo, era otro, y precisamente por eso otra vez yo. A la dulce luz del amor, reconocí o creí deber reconocer que quizá el hombre interior sea el único que en verdad existe. Me aferró la idea: «¿Dónde estaríamos los pobres hombres si no existiera la Tierra fiel? (…)
¿No he mirado también al pasar hacia una escuela y hacia una agradable aula donde en ese momento la severa maestra examinaba y comandaba? Con ocasión de esto hay que indicar cuánto desearía el paseante poder volver a ser en un abrir y cerrar de ojos un niño y un alumno travieso y desobediente, volver a ir al colegio y poder cosechar y recibir una bien merecida tanda de azotes en castigo por las descortesías y fechorías cometidas.

El Paseo. (1917) Robert Walser.




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