cunctatio

“Necesitamos un pueblo” Misiones políticas / España 1931-1936

In ciudad, combate, comunidad, cosmos y cabaña, cunctatio, espíritu, extranjero, luces y sombras, nuevas sensibilidades, poética anterior, ruinas y restos, Tiempos on agosto 11, 2010 at 7:33 pm

«Nos acostamos felices. Es muy posible que esta noche ellos sueñen con las playas del sur y nosotros con sus humildes chozas de barro y pizarra»

Extractos de «Necesitamos un pueblo».Genealogía de las Misiones Pedagógicas. María García Alonso.  Val del Omar y las Misiones Pedagógicas. 2003, Murcia Madrid, págs. 75-97.

Niños contemplando el “Niño Dios pastor”. Copia del original de Murillo realizada por Ramón Gaya para el Museo Circulante.

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MISIONES CATÓLICO-FASCISTAS

Las Santas Misiones se habían intensificado en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, debido a la amenaza que suponía la proliferación en el campo español de movimientos revolucionarios y liberales, radicalmente anticlericales. La Iglesia enviaba a esta empresa a los predicadores más notables, buscando con ello encauzar de nuevo las conciencias erradas, en especial las campesinas, distraídas en devaneos socializantes que nada tenían que ver con la vida ultraterrena y ponían en peligro un estado de cosas que favorecía por igual al clero y a las clases dominantes. (…) Las actividades de la misión se prolongaban durante una semana: sermones,
procesiones, misas, confesiones y, en los momentos de mayor fervor religioso, se podía llegar a la acción directa contra los incrédulos o, en su caso, contra su producción intelectual. En 1890, por ejemplo, una misión en Gaucín (Málaga) acabaría con un acto en el que «se han recogido y arrojado al fuego más de cincuenta volúmenes, entre libros y folletos, cuya doctrina impía y obscena había producido no poco prejuicio en algunas almas incautas»

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MISIONES REPUBLICANAS

Las misiones católicas continuaron sin interrupción incluso durante el quinquenio republicano, a menudo solapándose con otro nuevo tipo de misioneros que, en nombre de «la verdad, de la justicia y de la civilización», aparecía cargado con libros, gramófonos y extraños instrumentos ópticos. Éstos llegaban en un autobús repleto de cajas a modo de vendedores ambulantes. A veces iban a lomos de mulas como si entraran en Jerusalem, pero sus palabras sonaban muy distintas a las de los padres de la Iglesia. Al principio, las gentes no sabían cómo acoger a los visitantes y reproducían el mismo esquema ya aprendido de conducta ante los evangelizadores, aunque eran ahora los maestros los que orquestaban la participación popular. Desconfianza, alegría, desconcierto eran sus primeras impresiones. La llegada de estos nuevos «predicadores» era anticipada por el rumor de que eran «gentes de la República», vagamente relacionados con el Gobierno pero, en realidad, los vecinos desconocían quiénes eran y cuáles eran sus verdaderas intenciones. ¿Serían toreros? ¿Feriantes? ¿Titiriteros? En algunos casos su fama les precede: «A nuestra llegada, el pueblo, que está en fiesta, nos rodea y nos dice: “¡Aquí están los Republicanos!” “¡Vienen a hacernos la función!” A pesar de los esfuerzos del inspector y de los maestros nos reciben un poco como a una compañía de circo»

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ESTRATEGIAS PARA CREAR UN PUEBLO

Tras el desastre de 1898, en que los españoles despertaron de su sueño de conquista, muchos fueron los intelectuales que especularon sobre las raíces del mal de España. Algunos, como Costa, buscaron hombres que pudieran dirigir la transformación de un Estado que se desmoronaba; otros, como Giner de los Ríos, centraron su atención en el pueblo. «Necesitamos un pueblo» —diría—, siguiendo el mismo razonamiento que años después, tras la revolución rusa, emplearía Lunacharski, primer Comisario para la Instrucción Pública:

Desde el primer momento sabíamos lo que queríamos. El esfuerzo revolucionario que acabábamos de hacer resultaría estéril si al mismo tiempo no provocábamos una profunda revolución en la mentalidad y en los espíritus. Nuestro programa era muy sencillo. De un lado, había que transformar aquellas masas incultas, cuya ignorancia había sido cuidadosamente cultivada en los tiempos del zarismo. Había que liquidar esa herencia… Y, por otra parte, había que preparar las futuras generaciones para que ellas fuesen en su día el más firme sostén de la República Soviética.

Las Misiones Pedagógicas nacen en un momento de gran complejidad en la vida política y cultural española. España acababa de hacer su pequeña revolución sin sangre con el apoyo masivo de los núcleos urbanos y la oposición de la población rural. El decreto que legaliza su actuación tiene fecha de 29 de mayo de 1931. Es, por tanto, una de las primeras iniciativas de la recién estrenada Segunda República. Según esta ley, el Gobierno «estima necesario y urgente ensayar nuevos procedimientos de influencia educativa en el pueblo […]. Se trata de llevar a las gentes, con preferencia a las que habitan en localidades rurales, el aliento del progreso y los medios de participar en él, en sus estímulos morales y los ejemplos del avance universal, de modo que los pueblos todos de España, aun los apartados, participen en las ventajas y goces nobles reservados hoy a los centros urbanos». Y añade: «Hay en este propósito, además del beneficio que la enseñanza nacional puede recibir, el deber en que se halla el nuevo régimen de levantar el nivel cultural y ciudadano, de suerte que las gentes puedan convertirse en colaboradores del progreso nacional y ayudar a la obra de incorporación de España al conjunto de los pueblos más adelantados. Con ello también se contribuirá a valorar y desenvolver virtudes raciales de dignidad y nobleza que han influido de manera decisiva en el establecimiento de la República mediante la admirable manifestación de espontánea y ejemplar ciudadanía».

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Estas Misiones dependerían del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y su sede se encontraría en el Museo Pedagógico. Estarían dirigidas por un patronato, que estuvo hasta su muerte presidido por Manuel B. Cossío, y una Comisión Central de la que formaron parte, entre otros, Domingo Barnés, Luis A. Santullano, Rodolfo Llopis, Antonio Machado, Luis Bello, Pedro Salinas, Ángel Llorca y Óscar Esplá. Ellos serían los responsables de la elección de nuevos colaboradores, de la selección de rutas a seguir y del nombramiento de delegados locales, que organizarían sus estructuras para asegurar la expansión misionera.

GRUPOS DE ARTE

Los instrumentos que se utilizarán para esta empresa serán de tres tipos. Para fomentar la cultura general, se creó

Servicio de Bibliotecas, fijas e circulantes (en las que participaron María Moliner, Juan Vicens, etc.) y, para estimular el gusto por la literatura, se realizaban en los pueblos lecturas de romances, poemas y relatos breves.

También se crearon las siguientes secciones itinerantes:

El Coro (dirigido por Eduardo M. Torner),

El Teatro del Pueblo (organizado por Marquina y después por Alejandro Casona),

El Museo Circulante (explicado por Sánchez Barbudo, Ramón Gaya, Luis Cernuda, etc.),

La Sección de Cine, con un cinematógrafo manejado por José Val del Omar,

El Retablo de fantoches (a partir de la improvisación en la misión a Galicia de Rafael Dieste)

Servicio de Música (seleccionada por Óscar Esplá) que prestaba gramófonos y discos de pizarra.
Para apoyar la cotidiana tarea pedagógica, se realizarían visitas a las escuelas rurales, con el fin de conocer sus necesidades más acuciantes, lecciones prácticas y excursiones educativas que dotaran de mayores recursos teóricos y metodológicos a los maestros.
Por último, era necesario reforzar la educación ciudadana por medio de reuniones públicas y conferencias en las que se debatieran los nuevos principios políticos que dirigirían el país: la democracia, el sufragio universal, la estructura del Estado republicano, etc.

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ESPAÑA, REPÚBLICA DE TRABAJADORES

Como mostraría la Constitución que se promulgó en diciembre de ese año, la República, para ser viable, debía exigir al pueblo español una nueva conciencia de sí mismo. En primer lugar el Estado quedaba definido como «una República democrática de trabajadores de toda clase». Esta afirmación no era en modo alguno obvia. Había muchos españoles que, por distintos motivos, no tenían conciencia de pertenecer a una clase trabajadora, como por ejemplo la amplia mayoría de la población femenina o gran parte de los pequeños propietarios rurales que, aunque tan pobres como los obreros de las fábricas, se levantaban cada día con el orgullo de cultivar su propia tierra. Aún vivían en el «equívoco de considerarse como propietarios, siendo antes que nada trabajadores» y había que hacerles comprender «que su vida vale tanto como la de los demás hombres y que no es peor que la de los “señoritos”»


El disfrute de la cultura se había convertido en un derecho y asegurar su democratización era una atribución esencial del Estado. La gratuidad de los servicios prestados por las misiones a las poblaciones llenaría de estupor a su público. Tampoco ayudaba a aclarar esta imagen el papel de obreros de la civilización que representaban los jóvenes que se preparaban para actuar: «no se eleva demasiado nuestro prestigio ante el pueblo viéndonos maniobras en trabajos penosos: instalaciones del material de luces, abrir cajones, colocar bancos, etc». «Se trataba de un “espectáculo gratuito”, y sin duda por esto se atrajo el desdén adinerado de los grandes tratantes y las señoras. Pero no faltó en cambio la gente humilde, que rodeó a las Misiones de atenciones y cariño.» No siempre era así. Los pueblos tenían un fino olfato para detectar lo que no pertenecía a su clase y en ciertos lugares no ocupaban los improvisados asientos que se les habían preparado para ver más cómodamente la función. En algún sitio debía estar el truco y quizás el cobro llegara por la ocupación del espacio, como entendió perfectamente un avispado vecino que cortaba troncos y los alquilaba para servir de apoyo a los espectadores hasta que fue descubierto por los responsables de la misión. También a su manera misioneros y aldeanos representaban escenas propias de un sainete: «Todo carísimo, a veces hasta un extremo indignante. Como adivinaban que el dinero era del Estado, en un pueblo, Silván, por dos tortillas, un desayuno y dormir en una cuadra, hubimos de pagar 55 pesetas»
Al margen de estos problemas de cotidiana convivencia, «dar de balde» era para el Patronato parte de su proyecto de justicia social y sus colaboradores eran especialmente sensibles a este asunto.
«La biblioteca —dirá un participante en la misión a La Cuesta y El Carrascal (Segovia)— es la primera generosidad de que gozan en este pueblo. Nunca llegó allí objeto alguno. Y yo he puesto mucho cuidado en que la Misión haya resultado regalo total: he pagado la luz y he dado propina a los alguaciles»

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LO QUE DEL PUEBLO DECÍAN LOS MISIONEROS CATÓLICOS

Para algunos misioneros (cristianos, católicos), no existía una cultura popular propiamente dicha que debiera ser valorada. Las aldeas eran lugares prístinos, carentes de todo conocimiento de la vida, que permanecían tristes y aisladas del verdadero saber, ignorantes de su propia deformidad. Sus cuerpos estaban enfermos —el bocio aparece en varias de las rutas visitadas—, y sus trajes eran antiguos y poco higiénicos.
Eran, además, comunidades donde la superstición impedía el progreso, manteniendo a sus habitantes sujetos a una existencia atávica cuya miseria había que erradicar. Muchos creían en brujas y tenían terror a las ánimas. Los misioneros, deliberadamente, desafiaban sus miedos y transgredían sus normas: «Mandamos pregonar que después de comer pueden bajar los que quieran al lugar de unos nogales que hemos elegido junto al barranco. Los hombres que vienen con las caballerías arrancan algunas ramas de nogal y las arrojan al sol, para conjurar el maleficio de la sombra de estos árboles. En toda esta región oímos que la sombra del nogal es mala»12.
La siguiente descripción, sacada del informe sobre la Misión a Navas del Madroño (Cáceres) (MPMP, pág. 37),  compendia las sensaciones que los herederos de la idea regeneracionista de pueblo percibían de los lugares visitados:

La impresión que se recoge de estos pueblos es de que existe en ellos una virginidad, de que se hallan por primera vez ante muchas cosas. Gentes infantiles que ahora despiertan después de un sueño de siglos y para quien es todo inédito, nuevo. Una avidez inmensa de saber, de enterarse de las cosas del mundo y de la vida. Es de notar el género de ignorancia en que se hallan estos pueblos. Es una ignorancia distinta de la que un observador ingenuo pudiera creer. No se trata de ignorancia de verdades particulares, de falta de noticias, de estar enterados al día de acontecimientos más o menos recientes; es algo distinto. Lo que ellos ignoran es toda esa serie de supuestos de nuestra cultura, los cimientos que sustentan y hacen posible nuestro saber. Por eso la primera y más angustiosa impresión que de ellos se recibe es que falta el terreno común para entenderse; que no hay, intelectualmente, convicciones comunes de donde partir. A falta de terreno común teorético, suple el que sí lo hay sentimental y espiritual. Desde el primer instante hemos sintonizado con ellos; hemos vibrado acorde, hemos sentido junto. Y esta atmósfera cordial es la que hace posible la Misión, la que hace que ellos escuchen atentos y adivinen lo que no entienden y que nosotros intuyamos de qué cosas debemos hablarles y con qué tono, con qué palabras y con qué voz.
Otra nota de extraordinario interés es la situación política. Existe una gran tensión, un vivo apasionamiento en torno a los problemas políticos, sociales y religiosos. Pero, en contra de lo que pudiera creerse en el primer momento, no existe un estado relativamente fijo de opinión, sino un pensamiento exaltado siempre, pero cambiante y contradictorio. La ignorancia mezclada con el apasionamiento (envenenamiento en algunos casos) hace que toda discreción sea necesaria. Y así, al explicarles la película “Granada”, que daba motivo para hablar del descubrimiento de América y de la unidad de España, era imposible nombrar a los Reyes Católicos. Tampoco pudimos recitar un romance acerca de la Virgen María, ni fue posible la audición de un disco de Canto Gregoriano.

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…LO QUE DEL PUEBLO DECÍAN LOS MISIONEROS DE LA REPÚBLICA

Fui a ver al maestro y fuimos los dos a ver al médico, que se ofreció para hacer todo lo que le mandáramos. Fuimos los tres a ver al cura. “Si no estorbo —nos dijo—; porque ya sabe usted que ahora…” El cura fue a la mayor parte de las sesiones, nos oyó interpretar el laicismo de la República y cuando terminó la Misión se quedaba leyendo “El Emilio”, de la biblioteca de las Misiones. Visité a los concejales, uno por uno, en los barrios, y les expliqué mi viaje al amor de la lumbre. Y he aquí una buena lección para los que niegan inteligencia a los campesinos. Lo que yo les pedía era que citaran a la gente a la primera sesión, y me dijo uno de los concejales: “No, mire, primero reuniré a los vecinos y les diré de lo que se trata, porque vienen ahora algunos por aquí para formar sociedades y no se vayan a creer que es una cosa de esas.” Este y otros muchos casos nos lleva a la afirmación de que las Misiones son tan útiles para los que las dan como para los que las reciben. No es poco que los misioneros traigan a Madrid el descubrimiento de la inteligencia de los aldeanos. Pero es que descubren otras muchas cosas que se pueden resumir en el ver el campo como es, si es que tienen vista. Y esto es cosa que puede influir no poco en todas las direcciones. Aun hoy que ya se conoce mucho mejor, son tantos los descubrimientos a hacer en el campo que para la masa ciudadana resulta todavía una revelación.

La positiva valoración del sentir campesino parte de su consideración como auténtica alma de la cultura, traicionada por los valores urbanos. Su curiosidad e ingenuidad no nace de la ignorancia, de su existencia en un mundo vacío de conocimientos, sino de su pertenencia a una distinta tradición cultural que se enfrenta con el placer del descubrimiento de lo diferente, como en el caso de los niños de Tamajón: «Los niños lo aceptan todo con una naturalidad asombrosa, y, sin deslumbrarse, buscan con interés de aprendizaje las causas; siguen con atención una película, pero también se interesan, acaso más, por el manejo del aparato, cómo se pone la película, cómo se gradúa la luz y la velocidad; sienten junto a la alegría de ver el goce de comprender» (Misión a Valdepeñas de la Sierra, MPMP, pág. 34). Juan de Mairena, alter ego de Antonio Machado, coincide con esta consideración: «Tenemos un pueblo maravillosamente dotado para la sabiduría, en el mejor sentido de la palabra; un pueblo a quien no acaba de entontecer una clase media, entontecida a su vez por la indigencia científica de nuestras universidades y por el pragmatismo eclesiástico, enemigo siempre de las altas actividades del espíritu. Nos empeñamos en que este pueblo aprenda a leer, sin decirle para qué y sin reparar en que él sabe lo poco que nosotros leemos»

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…UN AGRADECIMIENTO ARTÍSTICO Y POPULAR

Un ejemplo de esa existencia de arrabal urbano que tenían algunos pueblos en proceso de reubicación cultural, duramente censurada e incomprendida en las memorias enviadas al Patronato, lo encontramos en Puebla de la Mujer Muerta (Madrid), donde un grupo de mozos quiso corresponder a los visitantes cantándoles una ronda. «Constituyó para nosotros uno de los espectáculos más extraños que jamás hemos contemplado: llevaban como instrumentos un triángulo, que golpeaban monótonamente para acompañar la canción —si así podemos llamar a una especie de aire de jota castellana muy tosca que canturreaban con voz ronca—, una balanza cuyo papel efectivo en la orquesta no pudimos comprobar, así como tampoco el de una cubierta de automóvil. Tañían también una vihuela primitiva y otro instrumento que no recordamos. Sin duda trataban de hacernos un homenaje, para lo cual iban aquellos hombres provistos de los elementos más raros y significativos del lugar. La cubierta de automóvil la usaban para fabricar abarcas. Así del automóvil como del cine, de la ciudad y de otras cosas tenía esta pobre gente una idea remota, que correspondía a los despojos de la civilización que allí llegaban.»

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…APRENDED A SER NUESTRO FUTURO

Existía una contradicción, quizás intencionada, en los mensajes que el pueblo podía recibir de los misioneros. Por un lado, el cine y las conferencias científicas les hablaban del mundo moderno que se estaba construyendo al margen de ellos. Por otra, se les recitaban romances viejos, canciones que en algún momento surgieron de un sentir popular y habían sido olvidadas, mezcladas con la nueva poesía de Juan Ramón, García Lorca o Antonio Machado, que reinterpreta los motivos de anónimos poetas anteriores. Santullano, al explicar el sentido de las misiones, afirma que «lo que se pretende es que el campesino, sin desligarse de la tradición, halle el modo de dar un sentido moderno asu existencia en el lugar apartado. […] Ha de partirse del momento actual y ayudar a que despierten, desenvuelvan y perfeccionen, siguiendo la propia línea de actuación los gérmenes y energías raciales que en otro tiempo produjeron las bellas y simples manifestaciones de arte popular que hoy admiramos, y que, dentro de un ambiente favorable, puedan cuajar un día en un estado de cultura, interesante, original y plena.»

Sois nuestro pasado, nuestra inspiración —parecía decir con esto—, aprended a ser nuestro futuro.
En las aldeas las gentes eran sensibles a estos mensajes. «La poesía les produce un extraño respeto, traducido en el silencio más hondo de la sesión; la sienten en totalidad, sin análisis, y la aplauden con calor, raramente la comentan. La música, aun la que para ellos es desconocida, les despierta ecos, la acompañan con movimientos de cabeza, se unen inmediatamente a ella. El cine les divierte y les deslumbra, desata el chorro de los comentarios; todos hablan y todos imponen silencio a los demás. De la poesía prefieren la lírica a la narrativa, y de los romances los de sabor villanesco a los heroicos y maravillosos. De la música prefieren la voz humana a la instrumental. Del cine les interesa más lo conocido que lo exótico; les deslumbra la aparición de una gran ciudad, pero si en una ventana de la gran ciudad aparece un gato, les alegra la aparición del gato. Y sobre todo el cine fantasista de dibujos, que nunca comprenden bien la primera vez» (Misión a Valdepeñas de la Sierra, Guadalajara, febrero 193217).

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PRODUCTORES

Un gato en una ventana de celuloide hacía verosímil la ilusión de ser protagonistas de la alta cultura. La ciudad podía ser un engaño, pero el gato sin duda era real. Era idéntico al que se sentía bufar detrás de los ratones en la bodega y, sin embargo, allí estaba: convertido en arte. Este milagro se completaría cuando los misioneros comenzaran a rodar imágenes de las tierras y las gentes visitadas. «Entonces [en 1932] se impresionó una película en esta comarca, la cual ha habido ocasión de proyectar en las sesiones de esta segunda misión en los pueblos donde interesaba conocerla. Dicha película fue acogida con alegría maravillada; su propio ambiente, sus paisajes, sus tipos y fiestas, vistos en la pantalla, causaron un asombro y un gozo a aquellas gentes, difícilmente explicable: el gozo de reconocerse, de revivir la vida con la sorpresa de ver encuadrado un paisaje por donde sus ojos resbalaron tantas veces sin advertir su ordenación de cuadro.»




Las misiones pedagógicas no eran más que una pequeña cesura en el ritmo de las estaciones. Marcaban para los pueblos un momento arbitrario para el disfrute de la belleza ajeno al ciclo agrícola de la vida. Para Cossío, la cultura era, como el juego, «un refugio contra las asperezas del duro vivir y hasta un consuelo de sus iniquidades», una de las pocas esferas de la actividad «que a nada útil conduce; aquélla en que todo el producto se resuelve en placer, y aquella en la cual necesariamente, si falta la libertad, falta su esencia»
. En las ciudades los estímulos sensoriales y el disfrute de lo bello — en definitiva la emoción laica—, se producen de un modo desordenado, sin pautas. Se van «atesorando en cada momento, día tras día, sin saberlo, de un modo libre y ocasional, en libros, periódicos, conversaciones, trato familiar y amistoso, en el comercio humano con espíritus superiores, en los espectáculos, en los viajes, en la calle, en el campo».20 Para suplir esas carencias, las misiones deben tener, como principal propósito, «despertar el afán de leer en los que no lo sienten, pues sólo cuando todo español, no sólo sepa leer —que no es bastante—, sino tenga ansia de leer, de gozar y divertirse, sí, divertirse leyendo, habrá una nueva España»

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…PROPAGANDA

El importante papel del arte como herramienta de propaganda ideológica fue magistralmente explicado en un artículo de Lunacharski, escrito en torno a 1922:

Si la revolución puede dar al arte un alma, el arte puede darle a la revolución su boca.
¿Quién no conoce la fuerza de la propaganda? ¿Qué es la propaganda, en qué se diferencia de la clara pero algo fría publicidad, de la exposición objetiva y metódica de los hechos y de construcciones lógicas?

La propaganda se distingue de la publicidad en que ante todo inquieta los sentimientos de quienes la oyen o la leen, e influye directamente sobre su voluntad. Por decirlos así, caldea el contenido del mensaje revolucionario y le obliga a resplandecer con todos los colores.
¿Puede existir alguna duda de que cuanto más artístico sea el mensaje más fuerza tendrá su actuación? ¿Acaso no sabemos que el orador artista, el artista publicista encuentra con mucha mayor rapidez el camino del corazón que el hombre falto de fuerza artística?
Conocemos esto perfectamente, y el gran propagandista colectivo, el predicador colectivo que es el Partido Comunista debe proveerse de todos los medios del arte, que de esta forma se convertirá en poderoso sostén de la propaganda. No sólo las pancartas, sino también, en una forma menos fugaz pero poseyendo más profundas ideas, los cuadros y las esculturas pueden resultar, por así decirlo, el medio patente para la asimilación de la verdad comunista.
El teatro ha sido llamado con tanta frecuencia gran tribuna, gran cátedra para la divulgación, que no vale la pena detenernos aquí en esta cuestión.
La música siempre ha jugado un importantísimo papel en los movimientos de masas: los himnos y las marchas son pertenencia indispensable de éstos. Sólo hay que desarrollar la fuerza mágica de la música y dar a sus orientaciones el más alto grado de determinación. […]
Las formas del arte que han surgido en época reciente, como por ejemplo el cinematógrafo, y en parte la rítmica, pueden ser utilizados con enormes resultados. […] La fiesta popular adornará con todas las artes del marco que la circunda, y este marco sonará con música y coros, expresará sus sentimientos e ideas con espectáculos en tablados, con canciones y declamación de poesías en distintos lugares, y con una multitud alborozada que lo juntará luego todo en una acción general.
Lunacharski, estrecho colaborador de Lenin, ocupó el Comisariado de Instrucción Pública de la URSS hasta 1929, cuando comenzó su labor en la diplomacia internacional. Murió en 1933 cuando se dirigía a ocupar su cargo de embajador soviético en España. Este puesto refleja de manera fidedigna la importancia que, dentro del marco internacional, se daba a la «revolución pedagógica» española, quizás necesitada ante los ojos comunistas de un mayor compromiso político.

Además de ser eminentemente laico, el proyecto misionero era especialmente vulnerable por su carácter antiprofesional y, en palabras de Cossío, «antipedagógico». En cierto sentido, el adjetivo «pedagógicas» sirvió para establecer un baremo erróneo con el que juzgar a las misiones, ya que hicieron pensar a los maestros que debían circunscribirse al ámbito escolar y a otros profesionales, como médicos, arquitectos o técnicos agrícolas, que se convertirían en escuelas ambulantes de capacitación. El objetivo de su patronato era menos ambicioso: se trataba más de despertar los sentidos de las gentes que de adoctrinarlos.

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PLAYAS DEL SUR Y CHOZAS DE BARRO Y PIZARRA

Los debates parlamentarios mostrarían lo peregrino de esta idea. Ya que el pueblo no tenía sensibilidad artística, ni interés por las actividades del espíritu que desbordaran los límites de lo religioso, era inútil cultivarlos. Ya que nunca alcanzarían la universidad no era necesario acercarles la ciencia. La cultura, que siempre había sido un «artículo de lujo», no merecía regalarse a quien no supiera valorarla. Y las cifras se inclinaban a su favor. Este remedo de escuela de juglares, formada por jóvenes en diferentes etapas de formación, no podía llegar a todos los pueblos, no podía permanecer en ellos, no dejaba a su partida un saldo de conversos o de afiliados que pudiera contabilizarse. Era una frivolidad que algunas ancianas a las que nadie había oído cantar en cuarenta años, animadas por la música de los gramófonos, sacaran los almireces y recordaran las canciones de su infancia. También lo era que una mujer de una aldea, que nunca había tenido un libro, no se acostase hasta terminar la novelita que llevó su marido. O que un montón de niños, absortos ante una pantalla cinematográfica, se acercaran a ella intentando tocar a unos animales que se les transparentaban en la piel. O que los hombres, tras una dura jornada de trabajo en el mar o en el campo, participaran en una sesión de títeres de cachiporra, disfrutaran del teatro, se admiraran de unos cuadros que parecían personas vivas pegadas al lienzo. «Nos acostamos felices —dirá un misionero —. Es muy posible que esta noche ellos sueñen con las playas del sur y nosotros con sus humildes chozas de barro y pizarra». Éste era el modesto saldo de las misiones: la posibilidad de soñar con el mundo del otro.

Burgohondo. Ávila. 1932. Filme de las Misiones republicanas.

Extractos del Dossier de la Exposición en Madrid.

EL SERVICIO DE BIBLIOTECAS
En 1931 no había apenas bibliotecas públicas en España y ninguna escuela rural contaba con libros infantiles. La labor emprendida por el Patronato de las Misiones, en la que participaron de manera destacada María Moliner y Juan Vicens, fue la mayor campaña de lectura que jamás se hizo en España: se repartieron bibliotecas para adultos y niños por pueblos y aldeas a los que no se podía llegar en automóvil y donde no había luz eléctrica. En general, las colecciones de libros se instalaban en la escuela, y el Patronato las enviaba a los solicitantes cuando le constaba que quien se hacía cargo de ellas daba garantías de que funcionarían con eficacia.

EL MUSEO DEL PUEBLO
El Museo del Pueblo de las Misiones Pedagógicas —que explicaban, entre otros, Antonio Sánchez Barbudo, Ramón Gaya y Luis Cernuda—, se componía de dos colecciones itinerantes de pintura, cada una con catorce copias de cuadros de los pintores más famosos de la escuela española, realizadas en su mayoría por Juan Bonafé, Ramón Gaya y Eduardo Vicente.
Los cuadros se transportaban en fuertes cajas de madera, o en una camioneta especialmente acondicionada, y se exponían en los pueblos a los que se podía llegar. La colección iba acompañada por dos o tres misioneros a quienes el Patronato confiaba este encargo, que explicaban los cuadros a los campesinos. La función se acompañaba de un gramófono y aparatos de proyecciones fijas y cine. El Museo permanecía generalmente una semana en cada localidad, y a los visitantes se les obsequiaba con reproducciones de los cuadros, en fototipia o huecograbado; también se dejaban algunas fotografías de los cuadros expuestos, enmarcadas para las escuelas y centros obreros.

Museo Circulante


CINE DEL PUEBLO

En 1931, muchos campesinos desconocían la existencia del cine, y el anuncio de su llegada solía congregar a grupos de personas muy numerosos, que recorrían grandes distancias a pie para contemplar este prodigio. Con José Val del Omar y Cristóbal Simancas como responsables, el Patronato tenía únicamente dos aparatos de cine sonoro, y en la mayoría de las expediciones se proyectó cine mudo, acompañado normalmente de música de gramófono. Las películas eran de dos tipos: cómicas, de Charlot o dibujos animados, y documentales. Charlot en la calle de la paz, amenizada con el Septimino de Beethoven, fue una de las películas más vistas. El Patronato llegó a tener un fondo de cerca de quinientas películas y al menos quince documentales realizados por los servicios del Patronato.

EL CORO Y TEATRO DEL PUEBLO
El Teatro y el Coro del Pueblo estaban integrados por una cincuentena de estudiantes, dirigidos respectivamente por Alejandro Casona y Eduardo Martínez Torner. Llevaban un tabladillo de fácil montaje, de cuatro por seis metros, que rápidamente era ensamblado por los Las misiones pedagógicas 1931-1936 propios actores. Se quería acercar el teatro al pueblo, permitiendo el desarrollo de la farsa en medio de las gentes y en la plenitud del aire libre. El repertorio inicial se componía de piezas breves, elegidas entre los pasos y entremeses del teatro clásico (Juan del Encina, Lope de Rueda, Cervantes y Calderón de la Barca), a las que luego se fueron añadiendo otras, algunas de ellas adaptaciones que el propio Casona hacía de relatos clásicos, como el Entremés del mancebo que casó con mujer brava (escenificación con música y danzas del proverbio del Conde Lucanor).
El Coro llevaba un repertorio musical integrado por canciones recogidas del folclore en su más pura tradición. Además de cantar e integrar la música en algunas escenificaciones, los misioneros recitaban romances y, en ocasiones, letrillas de Góngora, así como aportaciones folclóricas de García Lorca. El romance de «La loba parda» fue emblemático en el recuerdo de muchos misioneros.

EL SERVICIO DE MÚSICA

Además de bibliotecas, la misión dejaba en algunos de los pueblos visitados un gramófono y una colección de discos —seleccionados por Óscar Esplá—, que eran renovados de vez en cuando. El material solía ser confiado al maestro. En las visitas de los misioneros se llevaba un gramófono, y antes de poner los discos se hacía un comentario sobre el compositor y la música que se iba a escuchar: tradicional, de distintas partes de España o de los grandes compositores clásicos. El Patronato editó una colección de discos, de los cuales cuatro recogían las canciones del Coro de las Misiones.

Explicaciones poético musicales.

EL RETABLO DE FANTOCHES
Como no era posible llevar el Teatro de las Misiones a todas partes y como dentro de las tareas «juglarescas» había, además de teatro y coro, recitación de romances y otras actividades, el Patronato se decidió a ampliar estos medios de expresión con la creación de un guiñol que llevó el título de Retablo de Fantoches. Este teatrillo se propuso cumplir las exigencias de un espectáculo culto sin renunciar a la frescura popular y al desenfado propios del género. La primera representación se hizo en Malpica (A Coruña) en octubre de 1933. El Retablo de Fantoches lo dirigía el escritor Rafael Dieste, quien lo surtió de farsas ideadas por él que, con Las misiones pedagógicas 1931-1936 el tiempo, transformó en comedias mayores. También, a petición de Cossío, hizo una adaptación del romance «La doncella guerrera».

OTRAS ACTIVIDADES
La dignificación de la profesión de maestro era un punto fundamental dentro del proyecto institucionista y se encuentra en la base de las iniciativas llevadas a cabo por el Patronato de las Misiones Pedagógicas.
El Patronato organizó varios cursos breves para maestros en los que las conferencias eran sustituidas por la conversación y el intercambio de experiencias, con objeto de reforzar la confianza de los profesionales en su propio esfuerzo e imaginación. Estos cursos se complementaban a menudo con exposiciones de trabajos escolares —un modelo sugerido para las escuelas rurales— o con propuestas que permitían aprovechar los entornos naturales o artísticos con fines didácticos. Éste era el sentido de las Misiones de Arte, que nacieron con el objetivo de «enseñar a los maestros a leer en la piedra». Otro recurso empleado por el Patronato para extender su acción cultural fue la radio. Sin embargo, las misiones radiofónicas, que aparecen en los primeros esbozos del diseño integral de las secciones del Patronato, presentaron enormes dificultades de tipo técnico, pues gran parte de las poblaciones rurales carecía todavía en los años treinta de luz eléctrica y, en el caso de contar con ella, su potencia era muy escasa.

(…)

LA GUERRA CIVIL
Con el comienzo de la guerra civil se paralizaron las actividades de las Misiones Pedagógicas. De julio a septiembre de 1936, los misioneros que se encontraban en Madrid y que no habían marchado al frente formaron catorce equipos de tres personas y realizaron algunas actuaciones. En octubre se nombró dentro del Patronato una Comisión de Propaganda Cultural. Su archivo gráfico y fílmico se empleó a partir de entonces en acciones culturales en defensa de la República. La utilización de las fotografías de las Misiones en los fotomontajes de Renau en el pabellón español de la Exposition Internationale des Arts et Techniques dans la Vie Moderne de París, en 1937, sirvió para sensibilizar a amplios sectores de la intelectualidad europea sobre el desastre que vivía España. Desde Valencia, la infraestructura creada por el Las misiones pedagógicas 1931-1936 sistema bibliotecario de las Misiones Pedagógicas continuaría funcionando casi hasta el fin de la contienda. El destino que corrieron las más de 600 personas que en un momento dado formaron parte de las Misiones Pedagógicas fue muy variado. Algunos misioneros murieron asesinados nada más comenzar el conflicto; otros se enrolaron en las Milicias de la Cultura o en las Brigadas Volantes; otros fueron encarcelados, expedientados o marcharon al exilio. Y también hubo algunos que se integraron en las filas franquistas.

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  1. […] aquel lema de las Misiones Pedagógicas en las que participó: “Necesitamos un pueblo” [*] y poniendo ese digno cronotopos en valor . Ainhoa Estebaranz dijo a Pablo Elorduy en una […]

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