cunctatio

Insoledades / L’instant d’après. Bernard Aspe

In comunidad, cunctatio, existencias posibles, nuevas sensibilidades, separaciones mundanas on agosto 6, 2010 at 10:29 pm

Insoledades [‘Insolitudes’: juego de palabras entre insolite: insólito, y solitude: soledad.]

La comunidad no es el resultado de una construcción. Es su incidencia aleatoria. Es decir que no se construye, que no es por tanto para nada lo originario, lo que habría sido perdido. Es a menudo el fruto imprevisto de alguna constricción. No es lo que equivale a un pueblo, a un grupo: puede ser cuestión de comunidad entre dos seres, o de una comunidad de fronteras constitutivamente indeterminadas, susceptible de concernir a cualquiera. Hay comunidad ahí donde existe una suma no numerable de evidencias compartidas, y en tanto que nutren los gestos más cotidianos.

Aquellos que de una forma u otra portan consigo una comunidad, siempre comienzan desconfiando de la política. Las evidencias compartidas pueden ser, y son lo más a menudo, dejadas a lo implícito. La política no gusta de lo implícito, salvo cuando se hace picardía militante. Quiere la explicitación, puesto que su encargo es el de hacer existir una posición. La determinación posicional obliga a la explicitación, sin la cual no puede mantenerse el efecto que conlleva la existencia de una política. Este efecto, que Schmitt confunde con la política misma, es el trazado de una línea de partición que separa entre amigos y enemigos.

Pero inversamente, una política que no esté asociada a la comunidad solo es una forma vacía, una posición formal. Y ahí se concentra la dificultad propiamente ética: la política es aquello que, más que cualquier otra cosa, amenaza a la comunidad, y es, al mismo tiempo, lo que no puede obviar a la comunidad. La referencia a la invención ateniense de la política complejiza el problema porque supone otro enfoque de la comunidad. Ésta, como lo escribe Tiqqun, no es nunca « la comunidad de los que están ahí », no se confunde con una colección de individuos presentes. Nos queda entonces el hecho de que esta comunidad política debe ser llevada por alguien, y el de que se reconstituye debido a que induce inevitablemente una propensión a desconfiar de la política en sus exigencias reales, situacionales, y en aquello que suponen de exposición. Podría ser entonces que la política no pueda hacer nada ni con ni sin la comunidad; que ésta le sea a la vez condición y contradicción.

Nos preguntaremos qué forma toma la desconfianza respecto a la explicitación, y cuál es su razón profunda. Y es que lo explicitado se ve restituido a lo contingente. Lo propio del efecto del discurso, al movilizar éste la combinatoria infinita de los signos simbólicos, es el de someter la realidad a la posibilidad. De ahí la paradoja a la cual parece librarse aquel que sin embargo esté hoy preocupado por hacer existir su posición. El cuidado en hacer oír esta posición es al mismo tiempo lo que la libra al juego interminable de los argumentos, de la verificación comparativa de la consistencia posicional. Lo que tiene de vivo una posición no viene de las delicias polémicas a las que da pie tal juego, y es por el contrario esta vida —lo que hay en ella de radicalmente a-dialéctico— quien está amenazada de extinción por él.

Un poco más, y se encontrará siendo un Autor. Un autor de hoy, es, seguro, quien en otro tiempo organizaba una coherencia de pensamiento sumergiéndose en la evidencia de que esta coherencia sin rival era como tal la verificación de su rectitud, y sabiendo en adelante que no se declara ya respecto a la consideración de Dios, sino respecto a la del lugar donde se han detenido sus contemporáneos. Pero se queda lo suficientemente autor, como para de todos modos ser inutilizable. Autor es aquel que solo puede ser leído, incluso si prescribe falsamente a su lector el hacer uso de su « caja de herramientas ». Se reconoce a un autor por el número de no-discípulos que ha estructurado por este double bind —ejemplarmente, hoy, los « deleuzianos ».

Pero confundir la explicitación con el riesgo que comporta supone adoptar un enfoque bien unilateral de la misma. Si ella es lo que pasa por el gesto de hacer contingente lo que no lo era, también tiene el efecto inverso, y es incluso en este punto donde aquellos que se viven como enfermos de la elección no tienen elección: para los que sufren de falta de necesidad, la explicitación es un punto de paso necesario —por lo menos por lo que toca a la elaboración política. No hay política implítica; no hay subjetivación política sobre una base que deje lugar a malentendidos —incluso si las dificultades de la construcción política suscitan permanentemente la tentación de dejar instalarse el malentendido, de no estar demasiado vigilante en ello.

Entonces, la cuestión es saber cómo la necesidad de explicitación no se convierte en la reconducción paródica de una pura conminación. Pero precisamente, esta reconducción no se puede evitar más que ahí donde se comprometa una ascesis, la incorporación de una serie de técnicas « de sí ». Sin estas técnicas, las exigencias que conlleva una idea no pueden ser sostenidas. Pero esto tampoco basta: es preciso también ir más allá de la idea de un « trabajo sobre sí ». El concepto de « trabajo » no basta para cerner el elemento ético —el cual solo es pensable una vez situado un punto de inconstructible. Lo inconstructible es aquello que sostiene de forma inseparada [usaremos este neologismo]. En la ascesis se ponen en juego arreglos que hacen que puedan mantenerse conjuntamente los elementos de una realidad compuesta —en términos lacanianos: la del « ser hablante », tomado en los espejismos de lo imaginario y expuesto a los cortes de real. O más bien, está en juego en la ascesis eso mismo que hace mantenerse a este compuesto. En este sentido, más aún que el concepto de « deseo », lo que en el psicoanálisis podría permitir cerner mejor lo inconstructible sería lo que Lacan ha venido a denominar el « sinthome », sin el cual, la triada de lo simbólico, lo imaginario y lo real no podría encontrar ninguna posibilidad de articulación. Y no se mantiene inseparado el tejido heteróclito del que está hecho un ser sin mantenerse también la inseparación de este ser con respecto a algún otro. Sin duda, no es azaroso que esto se muestre tan bien en la comunidad amorosa.

Más allá del trabajo, podría haber ahí algo así como: tener cuidado [prendre soin]. De una comunidad, cualquiera que sea, se tiene de entrada que asegurar que no le hacen falta cuidados que, ellos solos, son lo que le permiten el continuar existiendo. El modelo del tener cuidado está en la relación con un niño pequeño o con un animal, al cual se le debe aportar lo suficiente como para vivir y también como para un poco más que vivir —para que la propia vida pueda ser apreciada.

Quizás haya habido en el curso del siglo XX dos grandes tradiciones de análisis ético, incompatibles. La primera está inscrita en el interior del orbe hegelo-heideggeriano. Está centrada en el diagnóstico de una separación constitutiva de la experienia que se supondría que caracteriza a una época. El sobrepasamiento de esta separación solo puede tener lugar por el (re)descubrimiento o la restauración de una unidad por encima de toda cuenta —de toda escisión. La segunda se apoya en la localización de las disyunciones no dialectizables, y muestra que no es ni por encima ni por debajo de la separación donde se encuentra lo inseparado, sino estrictamente con ella.
Este segundo enfoque supone el tener en cuenta lo que de trauma inevitable existe en el hecho del lenguaje. Esto no implica necesariamente la dispensable dramaturgia de la « ruptura antropológica »: el humano no es el ser irremediablemente separado de sus vivencias, ontológicamente cortado del animal con el cual se supondría que mantendría un acceso « inmediato ». Los lacanianos han cedido en exceso a esta dramaturgia. En cambio, existe un trauma, como dicen también los lacanianos, un remodelación [remaniement] de aquello que se vive por el hecho de que para los seres hablantes exista una aprehensión « simbólica » de la realidad. Hay intrusión de la lengua en un viviente cuando éste aprende a hablar —y más aún: intrusión de una exterioridad que permanecerá como tal. Este otro enfoque del elemento ético no tiene sin embargo nada que ver con el de un « giro lingüístico »: en lo que incide, en el hecho de la lengua, es sobre todo en su efecto (sobre un viviente) y en su límite (en el pensamiento). En este sentido es como se puede entender la difícil conminación wittgensteiniana de « estamparse contra los límites del lenguaje ».

Traducción  Mesetas.net

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